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Las heridas que no se ven: Apego, vínculo y las 8 heridas de la infancia

  • Foto del escritor: Marycruz Murillo Ramos
    Marycruz Murillo Ramos
  • 7 nov 2025
  • 3 Min. de lectura


Introducción: lo que aprendimos antes de saber hablar


Antes de tener palabras, tuvimos vínculos. Antes de comprender el mundo, lo sentimos.

Desde el nacimiento, nuestra mente emocional se moldea en el contacto con los cuidadores principales. Como explicaron John Bowlby (1969) y Mary Ainsworth (1978), el apego no es solo una necesidad afectiva, sino una estrategia biológica de supervivencia.


Nos vinculamos para sobrevivir, pero también para aprender a amar, confiar y regularnos emocionalmente.

Sin embargo, cuando esos vínculos se establecen en un contexto de carencias, negligencia o inconsistencia emocional, se producen heridas invisibles.


Estas marcas tempranas no siempre se manifiestan de inmediato, pero condicionan nuestra manera de amar, de relacionarnos y de tratarnos a nosotros mismos.


Las 8 heridas de la infancia: un mapa del dolor emocional.


Diversos autores contemporáneos (como Lise Bourbeau, Alice Miller y Gabor Maté) han descrito cómo las experiencias de la infancia se traducen en lo que hoy llamamos “heridas emocionales”. Aunque la teoría varía según los enfoques, podemos identificar 8 heridas fundamentales, todas ellas con raíces en la relación de apego:


  1. Rechazo – cuando el niño percibe que no es deseado o que su presencia “molesta”. Apego evitativo. Aprendemos a replegarnos emocionalmente para no ser heridos otra vez.

  2. Abandono – cuando la figura de apego está ausente o es impredecible.

  3. Apego ansioso. Se genera la necesidad constante de comprobar si el otro seguirá ahí.

  4. Humillación – cuando se ridiculizan los errores o se avergüenza la expresión natural del niño.Daña la autoimagen y la confianza para mostrarse vulnerable.

  5. Traición – cuando el cuidador promete y no cumple, o traiciona la confianza.

    Produce desconfianza y miedo a depender del otro.

  6. Injusticia – cuando se castiga o se exige de manera desproporcionada.

    Fomenta rigidez, perfeccionismo y autoexigencia extrema.

  7. Negligencia emocional – cuando no se validan las emociones.

    El niño aprende a desconectarse de sí mismo para sobrevivir.

  8. Comparación o invalidez – cuando se mide el valor propio en función de otros.

    Dificulta la construcción de una identidad sólida.

  9. No pertenencia o exclusión – cuando el entorno transmite que “no encajas”.

    Puede derivar en aislamiento o en búsqueda obsesiva de aceptación.


Del apego al patrón adulto: cómo se manifiestan hoy esas heridas.


Cada herida deja un “molde relacional”. Por ejemplo, la persona con apego ansioso tiende a vincularse desde el miedo a perder al otro, mientras que quien desarrolló apego evitativo evita la intimidad para no reexperimentar el rechazo.


En ambos casos, el patrón es una estrategia de supervivencia emocional creada por el niño para mantener el vínculo con quien le cuidaba.


El psicólogo Gabor Maté (2010) señala que “la desconexión de uno mismo es el precio que pagamos por mantener la conexión con el cuidador”.Es decir: para no perder el amor, perdimos contacto con nuestras emociones auténticas.


El camino de la reparación: re-vincularnos con nosotros mismos

La buena noticia es que el cerebro y el sistema de apego son plásticos.


Podemos reparar los modelos internos de relación a través de experiencias correctivas: vínculos seguros, psicoterapia, autoobservación y compasión.


En terapia, trabajamos para:

  • Nombrar la herida (darle lenguaje a lo que antes era solo sensación).

  • Validar la emoción (reconocer que el dolor tuvo sentido).

  • Reescribir el modelo interno de apego (aprender nuevas formas de vincularnos).

Como dice Sue Johnson (2008), creadora de la Terapia Focalizada en las Emociones:

“El amor seguro no es un lujo; es una necesidad biológica”.


Cuando nos permitimos construir vínculos más seguros;

—con otros y con nosotros mismos—, dejamos de repetir el pasado y empezamos a escribir una historia distinta.


Explorar nuestras heridas no es revolver el pasado, sino comprender las raíces de nuestro presente. Cada herida contiene, en el fondo, una búsqueda: de amor, de pertenencia, de validación. Y el proceso terapéutico consiste en convertir ese dolor en conciencia.


“Lo que se nombra, se libera. Lo que se comprende, se transforma.”


 
 
 

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